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06/01/2007

El Árbol

Es de todos sabido que no acostumbro a felicitar las Navidades porque, por desgracia, no es una época que me traiga precisamente recuerdos agradables. Sin embargo, mi felicitación, que no es un mail ni un mensaje ni nada de eso (sabéis que siempre tengo que ser raro) os la doy en forma de historia. Espero que en este día de reyes, en el que recibiréis muchos de vosotros cacharros electrónicos, ropa, zapatos y demás, encuentre un hueco esto, que ha estado esperando de forma paciente a que llegase el 6 de enero. En parte porque con lo que ha pasado no he tenido el cuerpo para mis letras, en parte porque este día es el más especial para mí de toda la Navidad (benditos enanos), aquí tenéis mi regalo de reyes, un puñado de letras ordenadas lo mejor posible y con la mayor gracia de la que he sido capaz. Gracias a todos por estar dentro de él. Feliz Navidad.



EL ÁRBOL


Esta historia tiene lugar hace unos años, pero no pasados, sino futuros. Mis manos arrugadas terminaban de colocar apresuradamente los últimos detalles, un regalo aquí, otro allá, esta bola del árbol quedaría mejor allí... bastante difícil por otra parte teniendo en cuenta que me temblaban de los nervios. Todo el cuerpo me temblaba, como si fuese un niño chico, y el viejo batín granate se escurría como un hula-hop sobre mi cuerpo hacia el suelo. Me lo coloqué, atándolo con fuerza, y después de pasarme el pelo por las canas (las pocas que quedaban acorralando a una pronunciada calva que cada día era más egocéntrica) y echármelo hacia atrás para dar una buena imagen, coloqué el último detalle: la banqueta. Ah, sí, la banqueta. La banqueta en aquel día (que, perdonad mi despiste, no he dicho que era el Día de Reyes) era un elemento muy especial. Allí me sentaba cada año para... vaya, ya llamaban al telefonillo insistentemente. Me encantaba que hiciesen eso, llamar hasta casi quemarlo, porque significaba que tenían ganas de que les abriésemos. “Vamos, que ya están aquí”, me dijo mi mujer. Hay que ver, las once de la mañana ya, cómo pasa el tiempo. Fui corriendo a la cocina a por las bandejas de turrón y mazapanes (e incluso algún trocito de pan de Cádiz) y las puse sobre la mesa, junto al árbol. Esperé en el salón mientras ella salía a abrirles. Me gustaba ese juego, el de quedarme allí para verlos entrar, porque el pasillo torcía a la derecha justo antes de la puerta del salón y hasta el último momento no se sabía ni quién venía ni quién estaba ya. Me miré las manos: aún temblaban. O Parkinson o nervios, me dije. Que le den al Parkinson, estaba atacado. Pero a lo que vamos: el primero en entrar al salón fue el más pequeño, de cinco años, que tras un breve abrazo se lanzó (todo hay que entenderlo) sobre sus regalos. Los demás llegaron uno detrás de otro (lo que dejaba el estrecho pasillo, claro) y tras saludar a hijos y nietos, ofrecerles los dulces de las bandejas y charlar un par de minutos, me volví hacia el árbol. Allí estaban todos los enanos de la familia esperando, alrededor de los paquetes envueltos y enlazados. “Ya voy, ya voy”. Entonces me senté en la banqueta. Y es que, desde que ellos tenían memoria (bueno, y sus padres) en mi casa siempre se había seguido una tradición... diferente. Por fortuna, el tiempo, la vida o yo qué sé qué me había dado el don de contar historias. De saber contar historias, claro, porque para contarlas mal todo el mundo vale. De disfrutar con cada palabra, acariciarla un poco en la boca antes de empujarla para que saliese, ¡hala!, a la aventura a este mundo de locos en busca de unos oídos comprensivos. Así que, en virtud de ese don, todos los 6 de Enero, después de que Sus Majestades se hubiesen ido, teníamos la costumbre de abrir los regalos mientras contaba una historia. Casi como lo del discurso del rey, aunque yo trataba de hacer que fuese interesante y no ponía esa cara de estreñido. Me gustaba verlos a todos allí, alrededor, mirándome. Al fin y al cabo había costado toda una vida, que se dice pronto. Pero qué gran recompensa. Miré a uno de mis nietos, al mayor, de unos dieciocho años, el cual me había comentado un par de semanas atrás que quería irse de viaje con los amigos, y de golpe di un respingo y salí disparado hacia el dormitorio. Volví al poco con un libro y avergonzado por tamaño despiste: tanta preparación y voy y me dejo lo más importante. Se lo enseñé a los jóvenes, que miraban con cierta inquietud, y de reojo veía cómo mis hijos me miraban con gesto cómplice (todos habían pasado por esto). Les pregunté si sabían lo que era, a lo que evidentemente contestaron que no, y dicha respuesta dio pie a mi narración. Tomando mucho aire antes, como sólo las más grandes historias requieren y merecen, empecé a hablarles. De viajes. De aquellas fotos viejas de poca calidad (cinco megapixels, ¡ya ves tú qué antigualla!) y de aquellos párrafos escritos por grandes personas. Conté qué significaban aquellas enormes letras enla arena de una playa, o por qué teníamos esa cara de frío en aquella playa de Huelva. También tuve tiempo de narrarles nuestras (porque eran nuestras, de todos, nunca decía mías) peripecias en Sevilla (omitiendo algunas partes, claro) o aquella extraña foto con el Big Ben de fondo en la que aparecíamos gente de Madrid, Santander, Valladolid, Huelva, Algeciras... más de uno se quedó algo incrédulo cuando les conté que nos habíamos juntado todos en Londres, así de golpe, de una semana para otra. Demasiado complicado, demasiado irracional como para que hubiese podido salir bien. Como cualquiera de nuestros viajes, pensé. ¿O es que no sabíais que vuestro abuelo llegó con sus amigos hasta Santander con un Ibiza que ya nadie pensaba que pudiese salir de la ciudad y además lleno hasta los topes? Nos encantaba eso, darles en las narices a todos los que pensaban que estábamos locos, que no se podían hacer las cosas simplemente porque no se habían hecho antes de esa forma, tan nuestra, tan calificada de “estáis como cabras”. ¿Y Barcelona, qué me decís de una ciudad así, con tanto encanto por metro cuadrado? Allí también hicimos grandes amistades, que más tarde se unieron en algunos viajes (incluso tuvieron que venir para que nosotros redescubriéramos un poquito mejor nuestra ciudad). Santander, Huelva, Granada (gran ciudad y magnífica anfitriona), Valladolid (y Pucela, que quedaba cerca), Sevilla, Barcelona, Asturias, Londres... la lista era enorme, así que resumí un poquito la historia que había tras cada foto. Pasada la última, que no diré cuál es porque aún no se ha hecho, cerré lentamente aquella ventana a los recuerdos (a nuestra Historia de Momentos) y levanté mi vista hacia mis nietos. Más sorprendido me quedé yo que ellos, al ver que no habían abierto ni un solo regalo. ¡Pero si resulta que el abuelo había salido de su casa!, debían pensar. Miré al mayor y le dije que no se me ocurría nada mejor que hacer con el tiempo que se nos da que aprovecharlo para marcarse un buen viaje. Ni siquiera me hizo falta que me dijera a dónde iban, porque eso no importaba. Ni lo más mínimo. Descubrí, o más bien redescubrí, aquello de lo que me había dado cuenta tanto tiempo atrás, cuando esta maldita calva ni se había insinuado. Que lo que hace grande a un viaje es la compañía. Y amigos míos, como el Batallón, ninguna. Le miré y en cierto modo me vi a mí cuando empezamos a ver mundo, cuando como quien dice empezábamos a andar. Y no pude evitar dejar escapar una sonrisa. Me pregunté quién sería su Juanlu, su Parra, su Jose, su Raquel, su Laia... cómo les iría y qué lugares descubrirían juntos. Era hora de pasarle el testigo, y lo hice como había hecho con mis hijos: contándole nuestros viajes. Ahora le tocaba a él. En cuanto a mí, bueno... cuando se fueron a sus casas después de la merienda me conecté un rato para ver quién había y una vieja amiga me abrió conversación.

-hola

-hola

-q, ya tienes la maleta hecha? :p

-ya esta casi hecha

-salimos mñn a las 10, no?

-sasto, a las 10 en punto

-oye, no te parece que ultimamente no paramos de viajar?

-desde luego... bendita jubilacion!



06/01/2007 01:51 Autor: elbocas. #. Hay 6 comentarios.

28/01/2007

De espadas y decisiones

Esta mañana, dándole vueltas al mundo como suelo hacer mientras me ducho, me vino una idea para una historia. he intentado plasmarla lo mejor que he podido, aunque parte de la esencia se me haya ido en estas horas. Las dos últimas frases las he "tomado prestadas" de Sin City, un cómic de Frank Miller, cuya película recomiendo a todo aquel que guste de los antihéroes (y tenga un buen estómago). Una frase genial, sin duda. He tratado de que el resto de la historia estuviese a la altura.

 

La injusticia de los justos.

 

Hemos perdido. Ya poco o nada queda por hacer salvo ver cómo todo se desmorona a nuestro alrededor. Observar impotentes cómo a cientos de metros, allá en las lomas, nuestros compañeros caen uno tras otro bajo espadas enemigas. Se apagan las almenaras que suplicaban por ayuda extraña, y su humo se eleva mientras es tiroteado por la marea de gotas de lluvia que hace de la mañana de hoy un momento más pesado si cabe. Nuevos soldados del bando vencedor, que no es el nuestro, llegan a caballo por el este, con sus grandiosas y malditas banderas en alto. La infantería, apurando ya las últimas cabezas que quedan por cortar, se reagrupa frente a la puerta de la fortaleza, justo tras el ariete. Madera de roble contra metal macizo. Los días contados, las horas contadas, los minutos contados. Manos manchadas de sangre que ha sido derramada inútilmente, espadas rotas en un vano intento por ganar una batalla que se sabía perdida de antemano. La impotencia de no haber sabido ser mejor que nuestro enemigo, la rabia de no haber tenido oportunidad de luchar en igualdad de condiciones. Lágrimas. Por nosotros, por los que cayeron ante nuestros ojos, por los que esperan dentro la llegada de lo inevitable. Cuando el sol se alce de nuevo, ya no quedará nada de lo que conocíamos. Sólo fuego, humo y derrota. Poco queda ya por hacer. Junto a unos diez caballeros más, nos hemos atrincherado ante el portón, frente al ariete. Con las espadas envainadas, sin saber muy bien qué hacer. Nos duelen las manos, apenas podemos mantenernos en pie y el humo impide que veamos con claridad. Está hecho. Sólo queda esperar. Pero no, espera. Con el poder que me otorga ser el capitán del regimiento, ordeno a los almeneros que abran la puerta. No es para mí, yo ya he hecho lo que tenía que hacer. O casi todo. Miro a los demás y les hago una señal con la mano para que se resguarden tras las murallas. Eso les dará tiempo, quizás el tiempo que les separe de la muerte. Antes de que se cierre de nuevo la puerta a mis espaldas, tengo tiempo de contemplar los ojos de una joven, enmarcados en un pañuelo que le cubre la cabeza. Brillan. Tienen esa esperanza que yo perdí horas atrás, días atrás. La puerta se cierra, aunque su imagen sigue viva en mi memoria. Pienso en ella cuando me vuelvo hacia el enemigo, cuando recuerdo cuál es mi obligación y cuando cierro mis puños con fuerza alrededor de la empuñadura de mi espada y la desenvaino con los ojos llameantes. Tengo el deber de luchar, de luchar hasta que no me quede aliento. Clavo mis pies en el barro, afirmando mi posición, y miro al frente. Al enemigo, al destino. A la muerte. Ninguno oye mi grito ahogado por el ensordecedor fragor de las máquinas de guerra y la caballería que se acercan cuando me lanzo a la batalla. Poco importa ya la vida de un tullido guerrero entre ese mar de gente. Pero recuerdo mientras me acerco a lo inevitable aquellos ojos, y lo que sí es importante. Poco se sabrá de mí mañana, pero es necesario. le dará a esa chica una última oportunidad de escapar con vida de este infierno. Sonrío irónicamente mientras alzo mi espada. Al este sale el sol, brindándome un último saludo mientras asoma por entre las lomas. El viejo muere, la chica vive. Me parece justo... 

28/01/2007 17:26 Autor: elbocas. #. Hay 3 comentarios.


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