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El Bocas

Hoy va por ti, jefe.

Poco queda ya del 25 de marzo, y ya casi al borde del abismo que amenaza con un nuevo día y con quitarme el tiempo de hoy, un domingo bastante bueno para ser domingo, y sumergirme en las tormentosas aguas del lunes, llego a tiempo (uf, ha faltado poco) para escribir el post que me ocupa en estos momentos (y ya hacía más de un mes).

La verdad es que no sé muy bien qué escribir, o sí lo sé pero desconozco la forma de hacerlo, de expesarlo. Durante todos estos años, quien más quien menos, todas las personas que he conocido me han enseñado algo, cosas importantes que ir guardando en una mochilita para sacar en el momento oportuno. Para bien o para mal amigos y enemigos me han mostrado cómo son las personas, y me han enseñado a discernir entre aquellas en quien se puede confiar y aquellas que casi mejor andarse con el ojo del culo bien abierto y avizor. Pero también hay otras, como tú, que le hacen pensar a uno que quizás no estemos tan mal como parece a simple vista, que si queda gente así, coño, pues igual tenemos alguna oportunidad todavía. Igual este loco mundo algunas veces, dos o tres de cada cien millones de vueltas que da, tiene buenos momentos y alehop, aparece gente como tú. Alguien a quien aferrarse en los malos momentos, con quien hablar cuando todos han abandonado el barco y te encuentras en calzoncillos y con cara de gilipollas en mitad de la cubierta, preguntándote aún qué ha pasado. Alguien también con quien poderse tomar una cerveza a gusto o charlar de cualquier cosa y en cualquier lugar. Dispuesto a todo, a echar una mano antes de que se le pida, y a reír, sobretodo a reír y a hacer reír a los demás. Quizás no corran buenos tiempos, o no los mejores, pero qué coño, ahí estamos los dos para luchar contra todos los demonios que vengan, espalda contra espalda con la mirada furiosa y los dientes apretados, defendiéndonos a capa y espada. Que vengan, jefe. Que les estaremos esperando. Feliz cumpleaños, Jose.

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El pianista

Gracias por la inspiración.

 

El pianista.

 

 

Quizás ninguno sabe nada. Quizás, piensa mientras cierra la puerta de la cafetería tras de sí, tampoco importe demasiado. Él sabe lo que va a pasar, y con eso basta. Hace tiempo que aprendió a guiarse por sí mismo y no por lo que pudiesen decir los cuatro cantamañanas de turno. Nota, eso sí, los nervios que le recorren los brazos para terminar en unos dedos temblorosos. Qué carajo, se dice. Hoy es su día. Y lo sabe. Hasta la segunda planta hay unos peldaños en los que poder mirar alrededor: hay gente hoy. Mucha. ¿Demasiada? A tomar por culo. Sube, se sienta y pide una pinta. Vendrá bien para relajarse. El tiempo que pasa hasta que se la traen lo pasa tamborileando la mesa con los dedos, sin ningún ritmo ni nada que pueda parecérsele. Por fin traen el vaso, piensa. Se lo lleva a la boca despacio, como si fuese John Wayne en el salón de un pueblo del oeste. Yo soy la ley y todo eso. Tiene la mirada fija en su destino, en su prueba. Es magnífico. Un piano de cola negro, en un escenario vacío cuya magia viene dada entre otras cosas por la delicada y fina nube de humo en suspensión que lo cubre. Un piano que reposa allí esperando a que algún valiente, un artista de los de verdad, sin partitura ni ensayos, con corazón y esa inspiración que de vez en cuando asoma tímida y te guiña un ojo, suba y saque de su interior el arte que guarda. Su piano. Toma un último trago de cerveza y se levanta. Algunos le miran, pues les extraña que se vaya ya si acaba de llegar. Pero hoy no. Hoy el camino que toma no va hacia la salida. Con paso firme aunque algo asustado sube al escenario, velado por la neblina. Casi puede oler los telones rojos recogidos a ambos lados. Se sienta en el taburete, y súbitamente se hace el silencio. Así que era verdad, piensa la gente. Hoy tocará. La primera nota es la más difícil, se dice. Es la que marca el comienzo, la que sitúa un punto de no retorno a partir del cual sólo se puede ir, o huir, hacia delante. Suena llenando los huecos de la cafetería, cruzando el aire, rebotando en las paredes sutilmente. Parece mentira que haya sido él. Pero después de esa nota viene una segunda, y una tercera, y pasados unos segundos es imposible seguir la cuenta. Porque ya es arte, y el arte no puede cuantificarse, sólo vivirse. Aún quedan algunos nervios, o más bien una preocupación. La preocupación por la atención del público, por si estarán escuchando, por si aquella melodía tendrá alguien que la escuche, que la acoja. Por si molestarán a alguien su piano y él. Sigue tocando, no obstante. Piensen lo que piensen los demás. Lo que no sabe en ese momento es que, a varios cientos de kilómetros de allí, un amigo suyo levanta una copa de cerveza orgulloso y dice: con dos cojones, camarada. Con dos cojones.

 

De espadas y decisiones

Esta mañana, dándole vueltas al mundo como suelo hacer mientras me ducho, me vino una idea para una historia. he intentado plasmarla lo mejor que he podido, aunque parte de la esencia se me haya ido en estas horas. Las dos últimas frases las he "tomado prestadas" de Sin City, un cómic de Frank Miller, cuya película recomiendo a todo aquel que guste de los antihéroes (y tenga un buen estómago). Una frase genial, sin duda. He tratado de que el resto de la historia estuviese a la altura.

 

La injusticia de los justos.

 

Hemos perdido. Ya poco o nada queda por hacer salvo ver cómo todo se desmorona a nuestro alrededor. Observar impotentes cómo a cientos de metros, allá en las lomas, nuestros compañeros caen uno tras otro bajo espadas enemigas. Se apagan las almenaras que suplicaban por ayuda extraña, y su humo se eleva mientras es tiroteado por la marea de gotas de lluvia que hace de la mañana de hoy un momento más pesado si cabe. Nuevos soldados del bando vencedor, que no es el nuestro, llegan a caballo por el este, con sus grandiosas y malditas banderas en alto. La infantería, apurando ya las últimas cabezas que quedan por cortar, se reagrupa frente a la puerta de la fortaleza, justo tras el ariete. Madera de roble contra metal macizo. Los días contados, las horas contadas, los minutos contados. Manos manchadas de sangre que ha sido derramada inútilmente, espadas rotas en un vano intento por ganar una batalla que se sabía perdida de antemano. La impotencia de no haber sabido ser mejor que nuestro enemigo, la rabia de no haber tenido oportunidad de luchar en igualdad de condiciones. Lágrimas. Por nosotros, por los que cayeron ante nuestros ojos, por los que esperan dentro la llegada de lo inevitable. Cuando el sol se alce de nuevo, ya no quedará nada de lo que conocíamos. Sólo fuego, humo y derrota. Poco queda ya por hacer. Junto a unos diez caballeros más, nos hemos atrincherado ante el portón, frente al ariete. Con las espadas envainadas, sin saber muy bien qué hacer. Nos duelen las manos, apenas podemos mantenernos en pie y el humo impide que veamos con claridad. Está hecho. Sólo queda esperar. Pero no, espera. Con el poder que me otorga ser el capitán del regimiento, ordeno a los almeneros que abran la puerta. No es para mí, yo ya he hecho lo que tenía que hacer. O casi todo. Miro a los demás y les hago una señal con la mano para que se resguarden tras las murallas. Eso les dará tiempo, quizás el tiempo que les separe de la muerte. Antes de que se cierre de nuevo la puerta a mis espaldas, tengo tiempo de contemplar los ojos de una joven, enmarcados en un pañuelo que le cubre la cabeza. Brillan. Tienen esa esperanza que yo perdí horas atrás, días atrás. La puerta se cierra, aunque su imagen sigue viva en mi memoria. Pienso en ella cuando me vuelvo hacia el enemigo, cuando recuerdo cuál es mi obligación y cuando cierro mis puños con fuerza alrededor de la empuñadura de mi espada y la desenvaino con los ojos llameantes. Tengo el deber de luchar, de luchar hasta que no me quede aliento. Clavo mis pies en el barro, afirmando mi posición, y miro al frente. Al enemigo, al destino. A la muerte. Ninguno oye mi grito ahogado por el ensordecedor fragor de las máquinas de guerra y la caballería que se acercan cuando me lanzo a la batalla. Poco importa ya la vida de un tullido guerrero entre ese mar de gente. Pero recuerdo mientras me acerco a lo inevitable aquellos ojos, y lo que sí es importante. Poco se sabrá de mí mañana, pero es necesario. le dará a esa chica una última oportunidad de escapar con vida de este infierno. Sonrío irónicamente mientras alzo mi espada. Al este sale el sol, brindándome un último saludo mientras asoma por entre las lomas. El viejo muere, la chica vive. Me parece justo... 

El Árbol

Es de todos sabido que no acostumbro a felicitar las Navidades porque, por desgracia, no es una época que me traiga precisamente recuerdos agradables. Sin embargo, mi felicitación, que no es un mail ni un mensaje ni nada de eso (sabéis que siempre tengo que ser raro) os la doy en forma de historia. Espero que en este día de reyes, en el que recibiréis muchos de vosotros cacharros electrónicos, ropa, zapatos y demás, encuentre un hueco esto, que ha estado esperando de forma paciente a que llegase el 6 de enero. En parte porque con lo que ha pasado no he tenido el cuerpo para mis letras, en parte porque este día es el más especial para mí de toda la Navidad (benditos enanos), aquí tenéis mi regalo de reyes, un puñado de letras ordenadas lo mejor posible y con la mayor gracia de la que he sido capaz. Gracias a todos por estar dentro de él. Feliz Navidad.



EL ÁRBOL


Esta historia tiene lugar hace unos años, pero no pasados, sino futuros. Mis manos arrugadas terminaban de colocar apresuradamente los últimos detalles, un regalo aquí, otro allá, esta bola del árbol quedaría mejor allí... bastante difícil por otra parte teniendo en cuenta que me temblaban de los nervios. Todo el cuerpo me temblaba, como si fuese un niño chico, y el viejo batín granate se escurría como un hula-hop sobre mi cuerpo hacia el suelo. Me lo coloqué, atándolo con fuerza, y después de pasarme el pelo por las canas (las pocas que quedaban acorralando a una pronunciada calva que cada día era más egocéntrica) y echármelo hacia atrás para dar una buena imagen, coloqué el último detalle: la banqueta. Ah, sí, la banqueta. La banqueta en aquel día (que, perdonad mi despiste, no he dicho que era el Día de Reyes) era un elemento muy especial. Allí me sentaba cada año para... vaya, ya llamaban al telefonillo insistentemente. Me encantaba que hiciesen eso, llamar hasta casi quemarlo, porque significaba que tenían ganas de que les abriésemos. “Vamos, que ya están aquí”, me dijo mi mujer. Hay que ver, las once de la mañana ya, cómo pasa el tiempo. Fui corriendo a la cocina a por las bandejas de turrón y mazapanes (e incluso algún trocito de pan de Cádiz) y las puse sobre la mesa, junto al árbol. Esperé en el salón mientras ella salía a abrirles. Me gustaba ese juego, el de quedarme allí para verlos entrar, porque el pasillo torcía a la derecha justo antes de la puerta del salón y hasta el último momento no se sabía ni quién venía ni quién estaba ya. Me miré las manos: aún temblaban. O Parkinson o nervios, me dije. Que le den al Parkinson, estaba atacado. Pero a lo que vamos: el primero en entrar al salón fue el más pequeño, de cinco años, que tras un breve abrazo se lanzó (todo hay que entenderlo) sobre sus regalos. Los demás llegaron uno detrás de otro (lo que dejaba el estrecho pasillo, claro) y tras saludar a hijos y nietos, ofrecerles los dulces de las bandejas y charlar un par de minutos, me volví hacia el árbol. Allí estaban todos los enanos de la familia esperando, alrededor de los paquetes envueltos y enlazados. “Ya voy, ya voy”. Entonces me senté en la banqueta. Y es que, desde que ellos tenían memoria (bueno, y sus padres) en mi casa siempre se había seguido una tradición... diferente. Por fortuna, el tiempo, la vida o yo qué sé qué me había dado el don de contar historias. De saber contar historias, claro, porque para contarlas mal todo el mundo vale. De disfrutar con cada palabra, acariciarla un poco en la boca antes de empujarla para que saliese, ¡hala!, a la aventura a este mundo de locos en busca de unos oídos comprensivos. Así que, en virtud de ese don, todos los 6 de Enero, después de que Sus Majestades se hubiesen ido, teníamos la costumbre de abrir los regalos mientras contaba una historia. Casi como lo del discurso del rey, aunque yo trataba de hacer que fuese interesante y no ponía esa cara de estreñido. Me gustaba verlos a todos allí, alrededor, mirándome. Al fin y al cabo había costado toda una vida, que se dice pronto. Pero qué gran recompensa. Miré a uno de mis nietos, al mayor, de unos dieciocho años, el cual me había comentado un par de semanas atrás que quería irse de viaje con los amigos, y de golpe di un respingo y salí disparado hacia el dormitorio. Volví al poco con un libro y avergonzado por tamaño despiste: tanta preparación y voy y me dejo lo más importante. Se lo enseñé a los jóvenes, que miraban con cierta inquietud, y de reojo veía cómo mis hijos me miraban con gesto cómplice (todos habían pasado por esto). Les pregunté si sabían lo que era, a lo que evidentemente contestaron que no, y dicha respuesta dio pie a mi narración. Tomando mucho aire antes, como sólo las más grandes historias requieren y merecen, empecé a hablarles. De viajes. De aquellas fotos viejas de poca calidad (cinco megapixels, ¡ya ves tú qué antigualla!) y de aquellos párrafos escritos por grandes personas. Conté qué significaban aquellas enormes letras enla arena de una playa, o por qué teníamos esa cara de frío en aquella playa de Huelva. También tuve tiempo de narrarles nuestras (porque eran nuestras, de todos, nunca decía mías) peripecias en Sevilla (omitiendo algunas partes, claro) o aquella extraña foto con el Big Ben de fondo en la que aparecíamos gente de Madrid, Santander, Valladolid, Huelva, Algeciras... más de uno se quedó algo incrédulo cuando les conté que nos habíamos juntado todos en Londres, así de golpe, de una semana para otra. Demasiado complicado, demasiado irracional como para que hubiese podido salir bien. Como cualquiera de nuestros viajes, pensé. ¿O es que no sabíais que vuestro abuelo llegó con sus amigos hasta Santander con un Ibiza que ya nadie pensaba que pudiese salir de la ciudad y además lleno hasta los topes? Nos encantaba eso, darles en las narices a todos los que pensaban que estábamos locos, que no se podían hacer las cosas simplemente porque no se habían hecho antes de esa forma, tan nuestra, tan calificada de “estáis como cabras”. ¿Y Barcelona, qué me decís de una ciudad así, con tanto encanto por metro cuadrado? Allí también hicimos grandes amistades, que más tarde se unieron en algunos viajes (incluso tuvieron que venir para que nosotros redescubriéramos un poquito mejor nuestra ciudad). Santander, Huelva, Granada (gran ciudad y magnífica anfitriona), Valladolid (y Pucela, que quedaba cerca), Sevilla, Barcelona, Asturias, Londres... la lista era enorme, así que resumí un poquito la historia que había tras cada foto. Pasada la última, que no diré cuál es porque aún no se ha hecho, cerré lentamente aquella ventana a los recuerdos (a nuestra Historia de Momentos) y levanté mi vista hacia mis nietos. Más sorprendido me quedé yo que ellos, al ver que no habían abierto ni un solo regalo. ¡Pero si resulta que el abuelo había salido de su casa!, debían pensar. Miré al mayor y le dije que no se me ocurría nada mejor que hacer con el tiempo que se nos da que aprovecharlo para marcarse un buen viaje. Ni siquiera me hizo falta que me dijera a dónde iban, porque eso no importaba. Ni lo más mínimo. Descubrí, o más bien redescubrí, aquello de lo que me había dado cuenta tanto tiempo atrás, cuando esta maldita calva ni se había insinuado. Que lo que hace grande a un viaje es la compañía. Y amigos míos, como el Batallón, ninguna. Le miré y en cierto modo me vi a mí cuando empezamos a ver mundo, cuando como quien dice empezábamos a andar. Y no pude evitar dejar escapar una sonrisa. Me pregunté quién sería su Juanlu, su Parra, su Jose, su Raquel, su Laia... cómo les iría y qué lugares descubrirían juntos. Era hora de pasarle el testigo, y lo hice como había hecho con mis hijos: contándole nuestros viajes. Ahora le tocaba a él. En cuanto a mí, bueno... cuando se fueron a sus casas después de la merienda me conecté un rato para ver quién había y una vieja amiga me abrió conversación.

-hola

-hola

-q, ya tienes la maleta hecha? :p

-ya esta casi hecha

-salimos mñn a las 10, no?

-sasto, a las 10 en punto

-oye, no te parece que ultimamente no paramos de viajar?

-desde luego... bendita jubilacion!



Cuento de Navidad

Próximamente, y como viene siendo tradición desde hace 1 año XD, un nuevo cuento de Navidad: "El árbol".

Otro cuentecito

 

Estaba el otro día en la biblioteca (fuente de inspiración abundante y que llevará unos días preguntándose dónde me he metido) leyendo el libro “Adiós a las armas” de Hemingway. Narra una historia de amor un tanto peculiar (rara y extraña, vamos) que tiene lugar durante la Primera Guerra Mundial. Este argumento me inspiró para escribir un nuevo cuentecito, una historia de ésas cortitas que me gusta poner aquí, nacidas para leerse rápido y tener una digestión lenta, tranquila, sin prisas. Espero que os guste, que la disfrutéis.


CARTA DEL SOLDADO DESCONOCIDO A LA AMANTE INEXISTENTE


Quizás te hubiese escrito esto si hubiese podido. Si hubiese tenido lápiz y papel y unos minutos más que los pocos instantes que me quedan. Si te hubiese conocido. Es ahora, tirado en el barro y con tantas heridas en el cuerpo como trozos de metralla, cuando siento que realmente me hubiera gustado dedicarte algunas palabras. Ni siquiera sé qué palabras, pero supongo que las más bonitas que se hubieran pasado por mi dura cabeza. Eso me decían mis compañeros de batallón: “mis últimos pensamientos serán para ella”. Algunos, por desgracia, ya han tenido ocasión de hacer honor a su palabra a lo largo de toda esta maldita guerra, y esta vez me ha tocado a mí. Se me han concedido esos mágicos aunque tristes segundos en los que antes de cerrar los ojos y despedirte lo ves todo con asombrosa claridad. Y aunque he tenido decenas de grandes amigos y una familia a la que he querido con locura, mis compañeros tenían razón: estos segundos son para ti. Aunque no sepa quién eres. Supongo que de haber existido serías menudita (nunca me gustaron las mujeres que me sacaban una cabeza) y con ojos... qué sé yo. No estoy ahora para collages. Seguro que habrías sido una mujer con carácter (y, conociéndome, me habrías traído de cabeza) pero a la vez con una ternura que sólo los que se la merecieran apreciarían. Quizás yo me habría pasado los días embobado mirándote, por el simple placer de tenerte ahí y poder contemplarte. También te habría dibujado mientras dormías, pues siempre se me ha dado bien el lápiz (cosa que ya sabrás aunque no me conozcas) tras haber pasado la noche entera amándonos y con la perspectiva de un nuevo viaje a Dios sabe qué mágico sitio en el día que amanecía. Quizás habría gastado los últimos años de mi vida en intentar hacerte feliz para poder serlo yo, quién sabe. Sí, me gusta pensar eso, imaginarme esos ojos, porque me tranquiliza.Ya no hay miedo ante lo que tenga que venir o lo que se vaya a ir. Quizás nunca te conocí, quizás te dejé escapar para que pudieses ser feliz lejos de mí y ahora disfrutas de una familia con dos o tres pequeñajos correteando por el salón. Sea como sea, gracias por estos segundos que son una vida. Te quiero. Aunque no sepa quién eres.

Anda que...

 

“Amar sin sufrir”, rezaba el libro. Jajojajota, habrían dicho Ortega y Pacheco. Lo vi esta mañana, al llegar a la biblioteca, mientras me quitaba todas las capas de cebolla (léase jersey y cazadora) y retiraba la silla para sentarme. Al mirar al frente, buscando cualquier cosa que no fuese el tema 3 de las oposiciones (hoy era uno de esos días que sabes desde el principio que no vas a estudiar una sola página), me di de bruces con él. Ahí estaba, tan tranquilo, like the flowers en mitad del departamento de filosofía-psicología. Llamando la atención con sus vistosas letras naranjas. Hey, mírame, soy la solución a todos tus problemas. Sólo le faltaba el Martini y las gafas de sol al muy cabrón. En un principio se me pasó por la cabeza la remota idea de denunciar al autor por estafa, y confieso que hasta me picó la curiosidad por leer la justificación de ese título. Y es que eso de amar sin sufrir es tan estúpido como pacificar a base de tiros. Pum, paz hermano. Si amas te jodes, y no hay más. ¿Pesimismo? No, lógica. Llámese si se quiere sentido común. Sólo nos jode (nos fastidia, ese vocabulario) aquello que realmente nos importa. Que Chin-Chon, residente en Filipinas, nos diga que somos lo más tonto que ha pisado la Tierra, tiene en nosotros la misma repercusión que saber que juega a la petanca con su tía segunda: ninguna. Pero si la persona que lo dice es alguien cercano, a quien uno quiere (pareja, amigos, familia...) ah, amigo, date por jodido. Porque te importa. Y lo más probable es que uno de estos días, más bien pronto que tarde, acabes hecho trizas. Ayer fue estupendo y mañana probablemente también, pero hoy te jodes (te fastidias no, te jodes). Y es que creo que el autor de este libro que hoy me hace gastar letras (a partir de ahroa alias “fulano”) estaba un pelín equivocado. Al menos en el título, porque el libro ni lo he abierto. Estoy de acuerdo en que tu historia de amor, amistad, etc. puede ser perfecta, sin problemas, con perdices para comer y hadas que te ayudan antes de que la cosa se ponga fea... si eres el protagonista de una película de la Universal. Si no, Romeo, vete preparando para tragar veneno, y tú, Julieta, para las frías dagas. Porque te pueden venir mal dadas desde cualquier lado y en cualquier momento. Y precisamente porque quieres a alguien te jodem y también por eso acabas superándolo, echándole bemoles. Porque amar (o querer si lo otro suena cursi, pero es lo que ponía en el libro) no es todo un camino de rosas que hay que disfrutar. Amar de verdad significa enfrentarte a esa mierda, joderte cuando te toque y aún así seguir queriendo a la otra persona durante y después del temporal. El que no sufre no ama, lo que tiene es una paja mental que no se aclara. Un tipo del que no recuerdo el nombre dijo una vez que sólo los que alguna vez han amado sin esperanza saben realmente lo que es amar. Para mí tenía mucha más razón que el otro fulano. Y es que no es una visión derrotista del asunto, ni pesimista, al contrario. Amar sufriendo sí que tiene valor, sí que tiene importancia. Porque sabes que luego los momentos buenos lo compensan con creces. Amar sin sufrir tiene el mismo valor que bajar a por pipas al kiosco. “Que no te ofrezcan amor sin espinas”, cantaba Sabina. Qué gran verdad. Porque aún con las espinas la rosa sigue siendo preciosa, sigue siendo rosa, y además auténtica. Me hubiese gustado enterarme de la escritura del libro de fulano, el de las letritas naranjas, y escribir su epílogo. Creo que lo habría titulado “Y un cojón”.

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Mis 58 monedas.

Hace... algunos días ya, una buena amiga me contó mientras esperábamos a que dejase de llover una bonita historia de Jorge Bucay. Trataba acerca del valor de las personas. Supe entonces que tenía que escribir algo sobre esa historia, y empecé a darle vueltas. En el cuento, un hombre intentaba vender un anillo y nadie le daba ni de lejos lo que le habían dicho que pidiera por él, hasta que un joyero experto le dijo el precio real del despreciado anillo: 58 monedas de oro, mucho más de lo que él pedía y esperaba. De moraleja obvia y trasfondo interesante, me hizo pensar en cómo había sido mi vida hasta aquel día. Ya desde pequeño empecé a ahorrar, porque hasta el instituto no se peude decir que, salvo la tele y los libros, tuviese muchos amigos. Con la ESO descubrí algunos magníficos amigos, y esos amigos trajeron amigos nuevos. Comencé entonces a gastar (muy a gusto por cierto) todas esas monedas que tenía ahorradas, y cada vez el gasto era mayor. Por suerte, con la paga me llegaba, aunque a duras penas. Pero luego vino Irlanda, amigos míos, y los bolsillos empezaron a quedarse vacíos de tantas monedas que tenía que soltar. Después la universidad, y con ella los viajes, terminaron por vaciar mis arcas. Así que sólo puedo deciros una cosa: ¡¡cabrones, que por vuestra culpa me he tenío que poner a currar!! ;P

Espero que la vida me siga costando tantas monedas de oro.

Dedicado...

...a vosotros, a los que jamás leeréis esto, a los que piensan que vale más un billete de cien euros que la sonrisa de un niño, a los que no creen que su granito de arena vaya a cambiar algo y se quedan cruzados de brazos, a los últimos en llegar a la batalla y a los primeros en huir, a los que disfrutan con la guerra, a los que llenan sus arcas con la sangre de los demás, a los que nadan en la abundancia e hicieron su piscina de pobreza ajena, a los que abusan del débil y tiemblan ante el poderoso, a los que anteponen el deber a los sentimientos, a los que nunca vieron la nobleza en los ojos de un perro, a los que creen que sufrir es sinónimo de éxito, a los estúpidos que no son capaces de ver más allá de un cuerpo el tesoro que se están perdiendo, a los hijos de puta que imponen su opinión a golpes, a los que por estandarte llevan el miedo, a los que levantan fronteras cada vez más y más altas, a los que creen que los estudios te dan el derecho de poder menospreciar a los demás, a los que creen que amar quiere decir gobernar e imponer, a los que jamás disfrutaron viendo jugar a un bebé, a los que piensan que el mejor camino es aquel que recorren todos porque ya está despejado, a los que se rinden sin tan siquiera empezar a luchar, a los que no ven más que con los ojos, a los que no creen que merezca la pena intentar lo imposible:

 Os juro que lo he intentado, pero de verdad que no os entiendo.

El Ministerio de la Esperanza

Esta historia, que nació hace poco de repente y sin avisar, ha sido escrita en unos minutos, sin reflexionar, sin pararme a pensar, simplemente con lo que salía en el momento. Por algunas frases un "homenaje" pobre, manco y cojo al estilo sabinesco, por otras una historia más que leer. Que la disfrutéis.

 

 

Hoy estuve en el Ministerio de la Esperanza, donde la alegría y la ilusión bailan alrededor de la incertidumbre. Llamé al timbre varias veces, ya que hacía tiempo que estaba ahorrando para poder optar a una oportunidad de ésas que son tan importantes para hacer cosas, pero nadie abrió. No dudé en llamar una vez más, y otra, pero al parecer no había nadie en el interior. La resignación, que es una de esas palabras tan feas y largas que alargan la sombra de la tristeza, no figuraba en mi diccionario de palabras malsonantes, tímidas y descompuestas que es mi vocabulario, así que esperé por si venía alguien con la llave. Después de tanto tiempo esperando, un poco más no importaba. Casi me había dormido cuando levanté la vista, los ojos entrecerrados y la visión borrosa por el sueño y el cansancio. Una mujer se acercó lentamente hacia mí, hacia la puerta. Me miró extrañada, como si hubiese visto un fantasma, y llamó. “No hay nadie”, empecé a decirle, pero antes de terminar se oyó una cerradura al otro lado, la puerta se abrió y la mujer pasó. Incrédulo, pensando que quizás estaba soñando, me levanté apoyando las manos en la pared, a mi espalda, con prisa por si la persona que había abierto la puerta se iba y no me oía. Golpeé con los nudillos una, dos, tres veces sin obtener más respuesta que la de una hoja mecida por el viento que pasó junto a mí sin tan siquiera tocarme. Pensé en mil razones distintas, tratando de encontrar lógica a todo aquello, y mientras pensaba llegó otra persona y pasó, y luego otra, y otra más. Desesperado, desesperado a las puertas de la esperanza, cesé en mi empeño y me derrumbé.

Ahora me encuentro en el desguace de las ilusiones rotas, juntando cachitos de aquí, cachitos de allí para volver a tener una. Porque yo nunca pedí que me diesen un strike; tan sólo que me diesen la oportunidad de lanzar la bola.

One song

Bueno, dejando ya artículos moñas y absurdos, os dejo otro un poco más serio. Es la letra de una canción que acabo de escuchar (aunque tiene la pila de años) y que siempre me ha gustado por lo que cuenta. Espero que os guste.

Simon and Garfunkel Lyrics I Am a Rock

 

A winter's day
In a deep and dark December
I am alone
Gazing from my window
To the streets below
On a freshly fallen silent shroud of snow

I am a rock
I am an island

I've built walls
A fortress deep and mighty
That none may penetrate
I have no need for friendship
Friendship causes pain
It's laughter and it's loving I disdain.

I am a rock
I am an island

Don't talk of love
Well, I've heard the word before
It's sleeping in my memory
I won't disturb the slumber
Of feelings that have died
If I'd never loved,
I never would have cried

I am a rock
I am an island

I have my books
And my poetry to protect me
I am shielded in my armor
Hiding in my room
Safe within my womb
I touch no-one and no-one touches me

I am a rock
I am an island
And the rock feels no pain
And an island never crie

De cajones, papeles y un tipo extraño

De cajones, papeles y un tipo extraño

Éste es el tipo que me he encontrado hoy mientras hacía limpieza de cajones en mi habitación. "No me mires con esa cara que yo también me he asustao", me ha dicho mientras saltaba (alehop!) desde dentro del cajón de los cables. Yo, sorprendido como podéis imaginar que estaba, le he preguntado lo que cualquiera hubiera preguntado: "¿pasa por aquí el 286?" "No", contestó, y se fue a la cocina a hacerse un cola cao, pues según él estaba harto de comer cables de cobre. Ya más calmados, él con el cola cao en la mano y yo con una estaca, charlamos sobre qué hacía en ese cajón (cosa que me extrañó porque el cajón de los folios es un lugar mucho más confortable). Al parecer, con tanta cosa acumulada en un ambiente de entropía, caos y desorden, había creado un microecosistema que generó (o degeneró) en este individuo. Dicho de otra forma, me llamó papi y se lanzó a mis brazos. Jamás he visto a la muerte tan de cerca, pero por suerte interpuse el perchero entre ambos y pude evitar cualquier contacto físico. Después nos despedimos y se volvió a meter en el cajón de los cables (con una lata de foie gras que le di para que untase en los cables) y quedamos en vernos algún día de éstos, quizas en la próxima limpieza de cajón. Entre eso y que tengo sueño, ya no sé ni lo que digo. Igual esto es hasta mentira y todo...

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Ya estamos aqui, tinonino ninoní

Ya estamos aqui, tinonino ninoní

Weah! Pues eso, que viendo que ahora todo el mundo tiene uno y yo soy un envidioso gallina capitán de las sardinas me marco también un blog (aunque suene a rana esclafada). Ahora me voy que tengo que entrenar para el partido de mañana, en el que se juega algo más que la honra de Coslada, de España o de Villachanclas del Carajo: la mía. ¡Nos vemos por frikilandia!

 

Este tipo es el primer miembro del club de fans de ElBocas, y como tal merece ser tratado con respeto y ser agasajado con miles de piropos varios que, además, vienen dados de antemano por su imponente presencia.

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