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04/05/2007
Marcas.
Productiva mañana la de hoy en la biblioteca. En casi hora y media me he cargado a Julio Verne y he dinamitado el Nautilus con toda la tripulación dentro mientras el Capitán Nemo me hacía un corte de mangas. Y es que esto de la programación no hay por dónde cogerlo. No hay forma de encontrar un hilo conductor decente. Probé también con el Apolo IX, pero se me desintegró al entrar en la atmósfera, y el Beagle y Colón ni siquiera llegaron a zarpar del puerto. Pero bueno, por lo menos hoy es viernes. Fucked but happy, que diría Lennon si no le hubiesen hecho esos implantes metálicos a base de escopeta. Zaca, zaca. Y yo aquí, con cara de circunstancia, esperando que la musa, que debe haber perdido el bus, venga a decirme de una vez: “podrías hacerlo de esto”. Coti, además, se encarga de contarme por los auriculares que el mundo está hecho una mierda. ¡No jodas! ¿Y cómo es eso? Cuenta, cuenta. En fin, que me quejo de vicio, pero oye, me apetecía. Y ahora la pregunta: ¿Qué escribo hoy? Bueno, pues vamos a ver qué sale...
Me gustan. Quizás porque escribo, esa puede ser una buena razón. Aparecen de repente, alehop, y ya difícilmente se van. En la frente, en las comisuras de los labios o moteando unas mejillas. No es que me apasionen, pero me resultan interesantes. Marcas, imperfecciones. Arrugas de reír o patas de gallo de llorar. Una peca intrépida que aparece en mitad de la nada, en territorio hostil, al grito de “¡aquí estoy yo con mis circunstancias!”. O ese grano con una vida de un par de días que espera a una cita importante o a la foto del carnet para hacer su aparición estelar. Y no es que me gusten los granos (mi relación con ellos acabó en la pubertad, cuando decidimos que ellos no se metían en mi vida y yo no me metía en la suya), pero al igual que las arrugas o las pecas, forman parte de una historia, agridulce muchas veces, que se va escribiendo en una cara con la tinta del tiempo. Una historia, unas señales, que nos hacen humanos. Imperfecciones que nos definen, que nos alejan (muchas veces en contra de nuestra voluntad) de esos estereotipos del Jolibú de las estrellas, programadas y esculpidas a base de palanganas de cremas, bisturís de culo inquieto y horas de Photoshop. Rostros que no dicen “esta noche no he dormido bien, perdona si estoy de mal genio” o “cómo se nota que no habéis pasado una guerra”, sino simplemente “estoy vacío, quiéreme”. Y coño, además les funciona. Puede que por eso les llamen artistas. El caso es que las imperfecciones me gustan, no tanto ellas como sus historias, las que tienen detrás. Esa peca solitaria a lo “Salvar al soldado Ryan” o “Tras la línea enemiga” que debe sentirse aliviada cuando a lo lejos en el horizonte (quizás en el otro extremo de la mejilla) consigue avistar a una compañera. O ese grano talibán que al grito de “El acné es grande” se inmola en nuestra nariz para recordarnos que, para bien o para mal, no somos robots sino humanos. Pero sobretodo esas arrugas, como las que aparecían en la cara de mi abuelo y me indicaban que era feliz cuando con cinco años le miraba mientras correteaba por el parque, esas arrugas que son un cachito más de mis recuerdos. Nunca me gustaron esas caras vacías, tal vez porque me recuerdan a un folio en blanco y pocas cosas me dan más miedo. Sé que el de hoy puede parecer un post raro, pero qué esperábais. Al fin y al cabo acabo de matar a Julio Verne, y Nemo me está poniendo de hijo de puta para arriba.
29/05/2007
En la soledad de tu compañía.
Bueno, hora ya de actualizar. Vuelvo a pegar un golpe de timón (Pérez Reverte me tiene absorto con sus novelas marineras) para escribir algo que poco tiene que ver con lo último. Espero que os guste.
En la soledad de tu compañía.
Miro. Miro la silueta que describe tu cuerpo desnudo bajo la sábana en la suave luz de la noche. Miro tu pelo, enmarañado, ahora que estás de espaldas y duermes. Oigo. Oigo tu respiración rítmica, pausada, tranquila. La oigo como oía minutos atrás tu corazón desbocado. Oigo el silencio que nos envuelve, que detiene el tiempo en este momento y que acentúa mis pensamientos. Huelo. Tu perfume, tu sudor, tu pelo una vez más. Esa tenue mezcla que floa en la habitación como un rumor que ni siquiera sabe muy bien qué contar. Toco. Tu cara, despacio, procurando no despertarte, para poder llevarme un último recuerdo de tu piel. Toco las sábanas que te envuelven, abrazándote con ellas. Recuerdo. Recuerdo tu mirada, tu sonrisa, esa que cada vez que aparece es una pequeña victoria y me hace creer un poco más en el cielo. Tu voz, tus gestos, tú. Vuelvo a mirarte. Bendigo. Maldigo. Bendigo a la noche que una vez más te ha hecho mía, y a mí tuyo, y que de momento nos une eternamente (hoy es siempre todavía, que escribió Machado). Maldigo al sol, al temible amanecer con el que, de un momento a otro, comenzarás a despertarte, abrirás los ojos y marcará el final de todo lo que una vez me importó, de todo lo que para mí era bueno. Y siento. Miedo, un miedo que me recorre por completo como un gélido escalofrío, que me obliga a abrazar cada instante de esta noche con la desesperación de quien sabe que al llegar el alba será lo único que le quede; con la serenidad triste del que sabe que la lucha está perdida de antemano y sólo puede sentarse a ver cómo la felicidad se le escapa de las manos. Porque cuando el sol aparezca y me apuñale con sus rayos, y acabe sin piedad con esta noche que tan eterna parecía, te irás. Te irás y yo no podré seguirte. Esta vez no. Y mientras tú duermes, serena, tranquila y fría, yo a cada segundo muero un poco por dentro.
